Tardes en el huerto

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Limpiar
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Las mariposas tienen algo de magia, son como hadas de la naturaleza, con ese volar elegante, etéreo y sus brillantes colores, aunque las hayas visto muchas veces es una visión que nunca cansa.

Y las mariposas me recuerdan a un cubo que levanté por curiosidad siendo pequeña, pero mejor empiezo por el principio.

Todos los domingos merendábamos en un huerto que compartíamos con mis tíos y tías, con mis primos y primas. Lo sombreaba una higuera enorme, el acceso era una puerta grandísima de madera y a la izquierda una pequeña construcción nos daba cobijo si llovía. Las paredes eran de adobe. Hoy ya no existe.

Al lado había una vaquería y recuerdo deleitarme con la nata empapada en azúcar que nos daba la dueña.

Sé que era un huerto, pero no recuerdo surcos ni pimientos y tomates, solo recuerdo niñas y niños corriendo, riendo, saltando, gritando.

Soy muy pequeña y estoy agachada intrigada por un cubo medio tirado al lado de un charquito de agua, muevo el cubo y comienzan a revolotear decenas de mariposas que se arremolinan conmigo y giro, giro, giro con ellas.

La felicidad de las pequeñas cosas: ser una niña y bailar entre mariposas.

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